La incertidumbre nos acompaña, aún dentro de lo que no pareciera considerarse incertidumbre, valga la redundancia; pareciera que estuvieramos jugando al escondite de forma eterna y sin llegar de ninguna manera al punto de comprensión principal, de ahí precisamente la no-certeza, el tránsito dubitativo, ese en el que estamos en cierto modo encadenados, a través de una inercia en la cual la mayor parte de las veces nos vemos como títeres, aunque en momentos de mayor claridad entra en juego el observador, es entonces cuando rompemos momentáneamente la inercia, de lo que “nos lleva” y nos retrotrae.
En algún momento de reflexión nos quedamos perplejos pensando en que algo que dirige el conjunto lleva a cabo una especie de experimento a través del cual nos modula o somos re-dirigidos tal vez por otras estancias, las cuales sólo tenemos leves atisbos de forma efímera; siguiendo por esta línea de observación podemos llegar a reconocer que un acercamiento síncero hacia ese “mecanismo” sincrónico, un asomarse hacia lo indescriptible, puede ser un momento clave en un caminar hacia lo indeterminado, hacia lo que se halla en el terreno de lo impermanente. Por instantes llego a considerar ésto como un acercamiento de diferentes líneas de tiempo, si lo queréis llamar así, de forma fenoménica, considero válido el que las líneas de tiempo se hallen bajo el auspicio de determinados momentos concienciales que orientan a todo el conjunto ( tanto lo psico-físico como las diferentes envolturas), en otra dirección aparente, entendemos aparente ubicándolo en el terreno de lo ilusorio.
Estableciendo una visión de conjunto podemos darnos cuenta que los momentos de re-calibrado o re-direccionamiento comienzan a parpadear y a hacerse presentes en esos intervalos de auto-cuestionamiento, de una apertura a una realidad mayor, del darse cuenta de la magnitud del fenómeno ilusorio y la complejidad que de éste emana, vivimos en primera persona la perplejidad que se trasluce al comenzar a ver toda la “trampa” que se ha formado y de la cual formamos parte, ocurre entonces que estamos en situación de mayor escucha hacia nosotros mismos, poniendo atención vamos reconociendo como interactúan las diferentes voces que forman el conjunto psique-emoción, observamos cuando cada una de ellas entra en acción y cómo está supeditado el sujeto a este proceso que se realiza de forma tan automática. Con toda esta misma atención percibimos que “eso” que observa se mantiene, simplemente es, reconoce los procesos, pero está más allá de ellos, es el juez imparcial, pero no juzga, acompaña en el viaje, es como un supervisor que está al cargo de todo, tiene por costumbre ofercer orientación, lamentablemente la mayor parte de las veces sus palabras se disipan en el aire, como si se difuminaran, su efecto no llega a perdurar si no es el momento oportuno dentro de este conjunto vital inabarcable.
Llegados a este punto se puede uno decir a si mismo que tiene una parte de responsabilidad en ello, según donde se encaminen sus pasos en el más amplio sentido, eso que es impermanente cobrará más o menos fuerza en su vida, se podrá hacer más o menos presente y ser un compañero de viaje cada vez más cercano.











